Por supuesto, no teníamos calefacción ni aire acondicionado. Nos comíamos la estufa de butano Butsir, quemando uno sólo de sus tres fuegos, para ahorrar.
En verano y otoño ,nada de agua templada, el agua fría es tonificante. Yo llevaba la ropa de diario dignamente recosida y el fin de semana "el traje de los domingos" con su correspondiente falsa corbata con elástico y las gafas de pasta.
Mi padre combinaba el trabajo de campo con el de obrero metalúrgico y de cobrador del Ocaso. Yo le ayudaba a cobrar, subiendo y bajando incontables bloques de pisos sin ascensor. Cuando llamábamos a la puerta la respuesta era invariable: "Mamá , los muertos".
De vacaciones, nada.
Mi madre fregaba un colegio en el que yo luego fui maestro en prácticas.
y habíamos mejorado, veníamos de una casa con tejado de uralita y letrina en el patio. Una casa menor que mi actual comedor. Con nevera de hielo, cocina de carbón y tres, contadas bombillas. Sin seguridad social. Con trabajo intermitente en los arrozales del actual aeropuerto de El Prat, lo que significaba trabajar con sanguijuelas en el agua y peligro de fiebre amarilla que contrajo dos veces, nada de bajas, no trabajas no cobras. De sol a sol.
Y yo me imagino que mis padres también se me quedarían mirando cuando dormitaba en aquel viejo sofá de skai en el que ya apenas cabía. Y supongo que, mentalmente, pensarían "Tú hijo mío estás soñando con un mundo mejor y lo vas tener, porque nosotros estamos haciendo todo lo pòsible para que así sea".
Y se cumplieron sus pronósticos. deberías haber visto su rostro cuando aprobé mi primera carrera universitaria. Cuando tuve mi primer piso. MI primer coche.
¡Cuántos suelos fregados!¡Cuántas horas extraordinarias en la fábrica!¡Cuánto pluriempleo! Todo quedaba atrás diluido en lágrimas de alegría.
Hoy , yo me quedo mirando a mi hijo mientras duerme. Vive en un mundo a años luz del mío a su edad, y a una galaxia de su abuelo. Pero parece muy difícil que viva mejor que yo a mi edad. La suerte es que nada está escrito. Puede que nos hallemos ante una crisis de cinco a seis años más. Puede que cambien los hábitos laborales y mis hijos acaben trabajando en Finlandia o vete a saber dénde. Yo sé lo que es trabajar en el extranjero, está bien para un tiempo, pero no para siempre.
Mi hijo tiene derecho a soñar con un mundo mejor y es muy posible que lo tenga. Parece que por muy lejos que lleguen los recortes y la involución a los años 60, todo tendrá un límite. Parece ser. Confío en ello, no en vano he conocido la crisis del 73 y de los 90. No me ha ido mal , trabajando mucho.
Y no puedo evitar que pensará un africano viendo dormitar a su hijo en el suelo resquebrajado bajo un árbol esquelético que no da ni sombra ni leña.






























